Tras la celebración de las elecciones primarias el pasado 9 de marzo, el panorama político hondureño comienza a definirse de cara a las elecciones generales de noviembre.
Aunque las cifras preliminares y los resultados partidarios muestran nuevos liderazgos en los tres principales partidos políticos, analistas coinciden en que los movimientos al interior de las estructuras tradicionales reflejan más una reorganización del poder que una verdadera transformación política.
Resultados preliminares y liderazgos emergentes
En el Partido Libertad y Refundación (Libre), la ministra de Defensa y precandidata presidencial, Rixi Moncada, obtuvo el 92.23% de los votos con el 40.09% de las actas divulgadas, consolidando su posición como figura central del oficialismo.
Su cercanía con la presidenta Xiomara Castro y el respaldo del aparato institucional le garantizan una candidatura fuerte, aunque cuestionada por sectores de oposición que denuncian el uso de estructuras estatales en el proceso interno.
En el Partido Nacional (PN), el exalcalde capitalino Nasry “Tito” Asfura superó por amplio margen a Ana García, esposa del expresidente Juan Orlando Hernández, con un 76.27% de los votos frente al 21.03%, con el 34.06% de actas divulgadas. Aunque Asfura representa una imagen más “tecnocrática” del PN, su presencia confirma que las figuras del pasado siguen siendo las principales opciones dentro del nacionalismo.
En el Partido Liberal, la contienda fue más cerrada. Salvador Nasralla lideró con 59.15% frente al 29.93% de Jorge Cálix con el 33.21% de las actas escrutadas. La disputa revela un choque generacional y estratégico: Nasralla, con discurso populista y fuerte presencia mediática, frente a Cálix, exLibre, con un enfoque institucionalista y propuesta de seguridad inspirada en el modelo salvadoreño.
¿Cambio real o solo recambio de figuras?
Aunque los resultados reflejan ciertos movimientos internos, el análisis de fondo apunta a una persistente continuidad estructural. “Estamos viendo nuevas caras, pero en la mayoría de los casos responden a viejos esquemas partidarios o a coaliciones familiares, económicas y territoriales de poder”, señala el economista y político Hugo Noé Pino. “El cambio verdadero pasa por una reconfiguración de las prácticas políticas, no solo por un relevo de nombres”.
La lógica caudillista y vertical de los partidos sigue siendo dominante. Las precandidaturas siguen girando alrededor de figuras personalistas con control de estructuras territoriales o acceso a recursos estatales. La institucionalización partidaria, el debate programático y la representación de sectores históricamente excluidos siguen siendo tareas pendientes.
Proyecciones para noviembre: ¿gobernabilidad o fragmentación?
De cara a las elecciones generales, los resultados de las primarias anticipan un escenario de alta polarización y posible dispersión del voto. Libre llegará con un aparato gubernamental movilizado, el Partido Nacional con una base conservadora que aún mantiene fuerza en zonas rurales y urbanas populares y el Partido Liberal, dividido, buscará consolidar una candidatura competitiva en un electorado cada vez más escéptico.
Además, el nivel de participación en las primarias y el constante abstencionismo electoral, que en procesos anteriores ha superado el 40%, auguran un desgaste creciente de la ciudadanía hacia los partidos tradicionales. Según datos del CNE, la participación en estas primarias rondó apenas el 35% del padrón habilitado, hasta donde van los resultados.
Contexto político y desafíos institucionales
El proceso interno estuvo marcado por serias deficiencias logísticas, con retrasos de hasta 16 horas en la entrega de material electoral en las principales ciudades del país. Aunque el sistema TREP logró transmitir el 62% de las actas, según el CNE, aún queda más del 35% sin procesar, generando cuestionamientos sobre la eficiencia del sistema y la confianza en los resultados.
A esto se suman las tensiones entre el Consejo Nacional Electoral (CNE), las Fuerzas Armadas y los partidos políticos, en un contexto donde los recursos destinados al proceso superan los 2,000 millones de lempiras. La falta de auditorías inmediatas, el débil control del financiamiento de campañas y el uso político de estructuras estatales complejizan aún más la credibilidad del proceso electoral.
¿Hacia dónde se mueve el país?
Aunque las primarias han definido rostros para noviembre, la pregunta de fondo sigue vigente: ¿estamos ante un verdadero cambio político o simplemente ante un reacomodo interno de los mismos actores que han dominado el tablero en las últimas décadas?
El desafío para Honduras no es solo elegir nuevos líderes, sino transformar las condiciones que sostienen una cultura política excluyente, clientelar y altamente personalizada. Sin esa transformación estructural, el país podría seguir enfrentando los mismos problemas con diferentes nombres en la papeleta.