Cuando la política monetaria sube, no todos suben con ella. En Honduras, los recientes ajustes a la Tasa de Política Monetaria (TPM) implementados por el Banco Central, que pasó de 3% a 5.75%, se esgrimen como decisiones que abren posibilidades, pero en los hogares, mercados y emprendimientos se siente como si las puertas se cerraran.
Las mujeres y los jóvenes, que históricamente han tenido un acceso limitado al crédito formal, son los primeros en pagar el costo de una economía que endurece sus condiciones de financiamiento. Y, a diferencia de los gráficos del Banco Central, sus dificultades no se ven en porcentajes, sino en oportunidades que se diluyen.
Cuando subir la tasa es bajar la oportunidad
Según el Banco Central de Honduras, el aumento de la TPM busca contener la inflación y garantizar la estabilidad monetaria. La lógica del BCH es que al encarecer el crédito, se reduce el consumo y la inversión, lo que frena la inflación. Pero lo que no siempre se dice es a quién se le reduce primero.
En un sistema bancario que todavía privilegia el perfil tradicional del cliente solvente, masculino, asalariado, con historial crediticio consolidado, las mujeres emprendedoras y los jóvenes trabajadores por cuenta propia quedan en los márgenes del sistema. Son esos perfiles los que los bancos clasifican como “riesgo alto”. Y en un contexto de tasas de interés crecientes, ese “riesgo” se traduce simplemente en “no hay crédito para usted”.
La tasa de interés activa anual en lempiras ya superó el 17%, el nivel más alto desde enero de 2021. Esto significa que incluso si una mujer logra acceder a un préstamo para su pequeño negocio o un joven solicita un microcrédito para iniciar su emprendimiento, el costo de ese dinero es cada vez más prohibitivo, llegando a tasas de 40% anual.
El sistema financiero sigue siendo selectivo
En un país donde el 70% del empleo es informal y más del 60% de la población vive en condiciones de pobreza, hablar de “acceso al crédito” sin considerar las desigualdades estructurales es una ilusión técnica. La banca privada, aunque cada vez más diversificada, sigue operando con esquemas conservadores de análisis de riesgo, y los programas de inclusión financiera aún no logran romper las barreras de género y edad.
Estudios recientes de organismos multilaterales indican que las mujeres acceden a menos del 30% del crédito formal otorgado a microempresas en Honduras. Y cuando lo hacen, suelen pagar tasas más altas, con condiciones más restrictivas. Los jóvenes, por su parte, enfrentan otro muro: la falta de historial crediticio, la precariedad laboral y la desconfianza del sistema financiero hacia los nuevos emprendedores.
Ajustes que profundizan desigualdades
Los defensores del ajuste monetario argumentarán que es necesario controlar la inflación. Pero también es cierto que esa receta se aplica sobre un terreno desigual. Y mientras las grandes empresas se adaptan o acceden a financiamiento externo o nacional en condiciones favorables, quienes ya estaban en desventaja ven cómo sus posibilidades se reducen aún más.
Un alza en la TPM puede parecer neutra en términos macroeconómicos, pero sus efectos son profundamente asimétricos. No todos los sectores pueden absorber con la misma facilidad el aumento en los costos del crédito. Para muchos hogares liderados por mujeres, por ejemplo, un préstamo representa la única vía para sostener o expandir un pequeño negocio informal. Para muchos jóvenes, un microcrédito puede marcar la diferencia entre emprender o resignarse al desempleo estructural.