En tiempos donde la política parece agotada, la tecnología llega con promesas de redención. En Honduras, esa promesa se llama TREP: Sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares. Una sigla que suena a modernidad, a transparencia, a eficiencia… al menos en el discurso.
El TREP se presenta como el custodio de la voluntad popular. Un mecanismo que escanea actas, detecta inconsistencias, genera registros de auditoría y transmite datos casi en tiempo real. En teoría, todo parece blindado: dispositivos biométricos para evitar el doble voto, sistemas de reconocimiento óptico de caracteres, validaciones automatizadas y logs que todo lo registran.
Pero como suele ocurrir en la democracia «made in Honduras», la realidad no es tan bonita.
Tres días después de las elecciones primarias del 9 de marzo, el propio sitio oficial del CNE revela que más del 40% de las actas aún no han sido procesadas. De las 74,574 actas generadas, solo 46,285 fueron recibidas vía TREP, es decir, el 62%. De esas, apenas 20,906 se han divulgado, el resto sigue en revisión o en alguna bodega esperando ser digitada, mientras la narrativa de la transparencia y los resultados de los ganadores se apoyan en un dato que no refleja el panorama completo.
El TREP sí logró avances. El 87% de los dispositivos biométricos se conectaron. Se evitaron más de 17,000 intentos de doble voto según el CNE. En Cortés y Francisco Morazán, la conectividad biométrica fue del 91% y 95%, respectivamente. Pero, ¿son estos logros suficientes cuando la otra mitad del proceso, la humana, la logística, la organizativa, se cayó en cámara lenta?
El TREP no fue diseñado para encubrir el desorden, pero tampoco puede reemplazarlo. Es un espejo que refleja lo que le llega. Y lo que no le llega, simplemente desaparece del relato oficial. No muestra las actas que siguen encerradas en las maletas, las inconsistencias que obligan a un escrutinio especial, el ausentismo electoral disfrazado de participación segmentada, las responsabilidades cruzadas ni los silencios institucionales.
Como señaló un experto electoral: “el TREP no se puede manipular, pero tampoco puede cubrir las grietas de un sistema electoral desordenado”. Y esas grietas siguen estando donde siempre han estado: en la repetición de los mismos errores, gestionados por los mismos nombres, envueltos en nuevas siglas. No es que el TREP falle, es que el sistema al que pertenece sigue siendo el mismo.
Quizás por eso, más allá del entusiasmo técnico, conviene recordar que el artículo 278 de la Ley Electoral establece el TREP como un instrumento para la transmisión preliminar de resultados, pero no como sustituto del escrutinio ni de la transparencia estructural del proceso. La equidad del sufragio, consagrada en los artículos 21 y 65 de la misma ley, no puede depender únicamente de un porcentaje transmitido con velocidad, sino del conjunto de condiciones en las que ese voto se ejerce, se cuenta y se respeta.
Por tanto, si el Consejo Nacional Electoral aspira a garantizar procesos legítimos, no basta con mostrar gráficos en línea: necesita acompañarlos de informes cualitativos sobre actas no procesadas, causas del rezago, niveles de instalación de Juntas Receptoras de Votos y condiciones reales en cada centro de votación. Transparencia no es solo decir cuántas actas se subieron al sistema, es contar también por qué otras no llegaron nunca y por qué se retrasa tanto la entrega de resultados finales en un sistema que costó millones.
Del mismo modo, si el Congreso Nacional quiere estar a la altura, debe revisar el marco normativo del TREP y su reglamentación. No para glorificar la tecnología, sino para someterla a controles, auditorías independientes y análisis públicos que permitan al ciudadano saber no solo qué se transmitió, sino también qué quedó fuera.
Si de verdad queremos elecciones limpias, confiables y transparentes, deberíamos dejar de creer que los problemas del sistema se resuelven con más cables, más software o más escáneres. Porque mientras se siga votando por los mismos actores que gestionan la democracia como si fuera un favor y no un derecho, ningún TREP será suficiente.
Podrán mejorar las tecnologías, pero el fondo seguirá siendo el mismo y la democracia seguirá pareciendo transparente, aunque solo sea un espejismo.