Mientras Honduras sigue enfrentando desafíos estructurales en materia alimentaria, social y ambiental, el Gobierno avanza en un nuevo proyecto de gran escala: la instalación de una planta procesadora de soya en el puerto de Trujillo, departamento de Colón.
La iniciativa, promovida por la Secretaría de Agricultura y Ganadería (SAG), requerirá la siembra de al menos 250 mil hectáreas de soya para abastecer una planta con capacidad para procesar 550 mil toneladas métricas anuales.
Aunque aún no se cultiva soya en el país, el proyecto ya cuenta con respaldo político y busca reformar leyes como la de Mezclas de Biocombustibles y la de Comercialización de Hidrocarburos, con miras a consolidar un modelo que promete empleo, exportaciones y soberanía alimentaria.
La inversión proyectada es de 304,6 millones de dólares en fondos públicos, con una promesa de mil empleos temporales y 800 permanentes, según declaraciones oficiales. Las autoridades afirman que el proyecto permitiría al país dejar de importar harina de soya, actualmente unas 400 mil toneladas anuales, y posicionarse como exportador en el mercado internacional.
Detrás del entusiasmo institucional, sin embargo, persisten interrogantes clave: ¿es viable un cambio estructural en la matriz agrícola del país centrado en un monocultivo que aún no se produce? ¿Qué impactos ambientales y sociales tendría la transformación de más de 250 mil hectáreas de tierras en un nuevo enclave agrícola?
Desde el discurso oficial, la propuesta se presenta como una solución para fortalecer el desarrollo rural, reducir la fuga de divisas y generar insumos para biocombustibles. No obstante, el proyecto también encaja en una narrativa de agroindustria extractiva que históricamente ha priorizado los intereses comerciales sobre los comunitarios y ambientales.
La soberanía alimentaria, uno de los argumentos más repetidos por sus promotores, contrasta con un modelo agrícola que podría favorecer la dependencia de grandes inversionistas y desplazar otras formas de producción local ya existentes. La dimensión social y ecológica de este cambio aún no ha sido abordada con transparencia ni con participación de las comunidades potencialmente afectadas.
A medida que se avanza en los trámites legales y en el diseño técnico de la planta, aún quedan sin respuesta las preguntas más profundas: ¿Quién gana realmente con este proyecto? ¿Cuáles serán los costos invisibles de sembrar una esperanza sobre tierra que todavía no conoce el grano?